jueves, 16 de diciembre de 2010

El harakiri del Polo

Todos los movimientos de izquierda civil, la que tiene derechos políticos y representatividad en los órganos legislativos y cargos de elección popular, como es el caso del Polo Democrático, cuando se configuran en un partido de renovación (?) tiende a caer en los mismos vicios que se imputa contra los opositores. Porque siempre hay un hijo calavera.

El clientelismo, la corrupción, las coimas, las prebendas, los contratos amarrados, según los partidos opositores, son los males que la derecha colombiana ha impuesto en el panorama político. Son recordados los debates de Gustavo Petro contra el paramilitarismo y la financiación irregular de campañas al Congreso; los debates de Jorge Enrique Robledo sobre los subsidios de Agro Ingreso Seguro (AIS) y el control político a funcionarios del gobierno Uribe, como Arias y Valencia Cossio; entre otros casos que han protagonizado los dos partidos de oposición reconocidos como es el Polo Democrático Alternativo y el Partido Liberal, éste último hoy disfrutando de las mieles del poder por su integración de la Unidad Nacional del gobierno Santos.

Qué se iban a imaginar los colombianos, que el Partido más corrosivo en sus posiciones contra Uribe, que se declara víctima de las chuzadas y un crítico voraz a las políticas sociales, económicas y políticas, dueños de la moral pública y la transparencia, valores hoy “arrebatados” y encarnados por el Partido Verde, iba a terminar en un escándalo de tal magnitud que ha creado las divisiones más irreconciliables entre los delfines del “anapismo”, Samuel e Iván Moreno, y los disidentes y echados de su propio partido, como Petro, Luis Carlos Avellaneda y Jorge Eliécer Guevara.

¡Dónde quedaron los principios invocados en el estado social de derecho por el ex candidato Carlos Gaviria! ¡Dónde la transparencia! ¡Dónde el cambio de modelo político para Bogotá! Una vez más, así le duela a los más recalcitrantes opositores al gobierno Uribe, y ahora al de Santos, el Polo Democrático, el partido de la renovación, ha fracasado.

Lo sabré yo que milité en sus filas, siendo renuente a ver cómo el cambio social que se vivió en el gobierno Uribe era posible gracias a la Seguridad Democrática. Un partido como todos, aunque con mayor ansiedad de poder, como hoy sucede con el “carrusel de contratos” que se ha destapado en Bogotá, donde mandan los senadores del Polo, donde sacan tajada quienes financiaron las campañas de los senadores opositores, que son los mismos políticos de la clase colombiana, esos a los cuales salen a atacar y a denunciar por corrupción y clientelismo.

El desangre de la contratación, una de los campos de mayor corrupción y mayores ganancias, está siendo hoy visto en Bogotá con total claridad, descaro y, lo que más vergüenza causa, es que sea protagonizado por un alcalde de corte de izquierda, de los que hablan airados de las clases sociales, de las necesidades, de la distribución equitativa de la riqueza y del poco avance del gobierno de turno al desarrollo de políticas que solucionen problemas de gran arraigo como el desempleo, la pobreza, la desnutrición y la vivienda diga.

¿Con esos dineros que se robaron en Bogotá, en complicidad con los politiqueros polistas, no se habría solucionado en alguna medida esos problemas, así fuera en regiones apartadas del país? He ahí la respuesta. Búsquela entre los discursos mamertos de esos esquiroles del poder, los rapaces de la moral pública. El Polo, como lo dijimos en algún momento en campaña presidencial, se aplicó el harakiri. O más bien, en términos más coloquiales, se inmoló con pólvora propia.

El clamor del miedo

Ya no sabe uno ni qué esperar cuando sale a las calles de Yarumal. Si estar pendiente de no ser atropellado por los imprudentes motociclistas, que ya tienen su propia pista de ‘piques’ en plena vía pública, o de esperar la bala fulminante de un sicario, o como sea llamado el personaje que atenta contra la tranquilidad de un pueblo peregrino, que no sabe más que rezar y darle hijos al mundo. Así nos duela estamos aumentando considerablemente la tasa de natalidad, que es baja en los estratos medios y altos, pero que está en índices alarmantes en los estratos más bajos, donde la pobreza no tiene relación con miseria, así estas dos sean sinónimas.

Releyendo algunos textos, entre ellos un apasionante relato de Fernando Vallejo, en donde queda descrito el actuar y la forma de vida de los sicarios, ya deben saber de qué novela hablo, La virgen de los sicarios, que tiene su origen en las comunas, las mismas en las que se desarrolló la novela que los morbosos televidentes siguieron hasta saciarse de crueldad, de ver la misma historia que cada día vivimos nosotros, en Yarumal, y en Medellín, y no sé dónde más podrá ocurrir esto, de ver que a plena luz del día es abatido a tiros un extraño. Aunque no es ni tan extraño, porque si fue baleado frente a mi casa puede haber sido yo, en caso de haber habido una bala perdida.

Quién se iba a imaginar que veríamos hablar de “pandillas”, “de combos”, “de comunas”, “de barrios peligrosos” en una ciudad como Yarumal que vivía en paz. O no sé si vivía en paz, porque la hipocresía y la mentira dan para todo. Lamentable el hecho que en los últimos dos años las muertes sean por vinculación con grupos al margen o riñas, y se haya incrementado tanto, ya debería tener un esquema establecido para tomar medidas urgentes. Claro que eso sólo lo sabe la autoridad oficial, que es quien lleva las cuentas. Uno no. Nosotros los de a pié especulamos en las cifras, aunque más temprano que tarde no nos desfasamos mucho en lo que muestra la autoridad.

En la “capital del murmuro”, no sé si será cierto tal calificativo, simplemente lo retomo de quienes lo he escuchado, se habla de un “volante de advertencia”, como en los viejos tiempos en que los Arcángeles del Bien daban ronda por las calles para cuidar a la sociedad. De qué nos cuidarían si aquí nada pasa. Si algo se habla debe ser cierto. Cuando un rumor se generaliza y los hechos dan la razón, es cierto.
Como en el cuento de García Márquez, “algo va a pasar”. Lo que no sabemos en cuándo. Para los incrédulos como yo, que no le ponemos pinga al garabato, aplicamos el método tomasino: “ver para creer”. No todos los muertos son malos, de eso estoy seguro, así el raciocinio de jueces lleve a muchos a decir que “por algo lo mataron”, como si ellos fueran profetas o, en cierta manera poco cierta, manejaran los hilos de la existencia.

Ahora no queda más que pedir auxilio divino para redimir a este pueblo pecador que clama justicia. Claro, clama justicia, pero justicia divina, no terrenal, porque para muchos el “sicariato” es una forma de hacer justicia por sus propias manos y están felices del mal ajeno. Son muchas las víctimas, inocentes o no, qué voy a saber yo que no tengo ni poderes inmaculados ni mucho menos dignidad de juez, las que están cayendo.

Sean estas líneas una voz de consolación para aquellos a quienes la violencia les ha arrebatado a sus seres queridos, y también un llamado a estar atentos, porque no sabe uno cuando pueda sucederle. O si prefieren apliquen la teoría egoísta encarnada en el cuento de Bertol Brech: “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó porque yo tampoco lo era; después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista; luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó; ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde”.

Valió la pena tanta espera

Desde hace unos años, cada mes de octubre, por estas fechas, que la Academia Sueca se dispone a dar el nombre del Premios Nobel de Literatura, siempre he esperado con ansias ver al escritor Mario Vargas Llosa galardonado como uno de los más grandes escritores universales, pódium que ahora comparte con quien fuese su amigo –amistad que se desvaneció por razones políticas-, y también Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.

En la última década, entre las numerosas publicaciones que han aparecido de Vargas Llosa, se han publicado los más bellos y bien escritos, no queriendo decir que “La ciudad y los perros” o “Conversaciones en la catedral” no lo fuesen, sino que “Travesuras de una niña mala” y “El paraíso en la otra esquina”, donde se ve su espléndida creación de un mundo irremediablemente macondiano, con un estilo propio de uno de los escritores que ha hecho el mejor estudio de la obra garciamarquiana, que fue publicado bajo el título de “Historia de un deicidio”, como tesis doctoral, donde queda al descubierto cómo un hombre como García Márquez creó un mundo irreal con clima tropical, con el aderezo imaginativo de los Buendía y de cómo “el realismo mágico” sería uno de los estilos literarios de mayor profundidad dentro del género novelístico.

Esta mañana, mientras tomaba un café y escuchaba la radio, no podía creer lo que anunciaba Julio Sánchez Cristo, quien fue el primero que entrevistó a Vargas Llosa para Colombia. Un hombre que ya se había acostumbrado a estar en la lista de “descartados de la literatura latinoamericana”, al lado de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, quienes no fueron galardonados con ese premio esquivo, que en algún momento estuvo más viciado por las posiciones políticas que por el verdadero arte de la creación literaria, por fin reposa en un escritor de grandes quilates, un señor de sonrisa amplia y dentadura perfecta, de quien Juan Carlos Onetti se refería en una anécdota con un periodista: “Discúlpame que no tenga dientes, se los presté a Vargas Llosa”.

Su prolífica obra circunda los géneros de la novela y el ensayo, con dos temáticas arrolladoras en su narrativa, como puede verse en las interpretación que se despliega del ensayo mejor escrito en la literatura universal sobre “Madame Bovary, de Flauber”, que Vargas Llosa llamó “La orgía perpetua: Flauber y Madame Bovary”. A renglón seguido puede mencionarse su más maravillosa obra sobre la dictadura de Trujillo en el Perú, “La fiesta del chivo”, leyendo en cada línea cómo el poder tiende a desmoronarse con cada asonada política, que a su vez es propiciada por los mismos hombres leales al dictador. Un estilo muy parecido, en su estudio sobre el poder, que García Márquez describió en “El otoño del patriarca”.

Por lo menos, diremos los más optimistas, como lo mencionó Héctor Abad Faciolince en una entrevista, “Mario Vargas Llosa fue premiado por sus obras y por su defensa de las libertades, porque él es un liberal, que defiende posiciones como el agnosticismo y a su vez defiende el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Ese es Vargas Llosa, un hombre enamorado del liberalismo y un férreo oponente de las dictaduras ideológicas”. Para mayor orgullo, un colombiano como Héctor Abad, fue elogiado por el nuevo Nobel de Literatura en una columna en El País, de España, que puede decirse fue una respuesta al elogio que hizo Abad sobre Vargas Llosa en una entrevista que éste concedió en el evento literario Hay Festival, y que fue ratificado con un regalo de un libro incunable sobre el Congo, una nación africana que es el ambiente en donde se desarrolla la nueva obra que publica Vargas Llosa, y que tiene por nombre “El sueño del celta”. Habrá que leerla, ya no como la obra de un escritor, sino como la de un maestro.

Sólo faltará esperar que algunos escritores como Philip Roth o Milán Kundera también sean premiados en las próximas ediciones, para que vuelva a verse en equilibrio entre la política y la literatura que manejó por años la Fundación de Alfredo Nobel.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tras los trazos de Caballero

Hablar de un hombre tan complejo en su personalidad, locuaz, mordaz, sincero y transparente en su pensamiento no es una tarea fácil.

Antonio Caballero, un hombre de prosa fuerte y firme, que durante treinta años ha marcado y escrito con su pluma la historia de éste país, recreando cada crítica, sea política o de algún tema de la vida diaria, trazando cada línea con su arte cómico, mostrando la realidad de un país sin memoria que está resurgiendo a la esperanza.

La vida de Caballero, un hombre aristócrata en todo el sentido de la palabra, honesta y caballeresca, es la filosofía de un izquierdista que ha sabido manejar su ética periodística, sin matricularse con ningún partido político, haciendo que un caballero, del estilo y carácter de Caballero, ponga en mayúscula una verdad certera, poniendo en coma a quienes defienden que existe una sola Colombia, y que expone en sus columnas como dos: la Colombia de las élites bogotanas, que tiene una doble moral; y la otra, la Colombia rural que vive las inclemencias de una absurda guerra que el gobierno no quiere terminar. Y los grupos irregulares, corrompidos por el narcotráfico, tampoco.

Caballero ha sabido mantener su acidez crítica como lo haría –si aún viviera- su tío Lucas Caballero, conocido con el seudónimo de Klim, y su mismo padre, novelista y político, Eduardo Caballero Calderón.

Los inicios de Caballero en la periodística nacional fueron en la revista Alternativa, fundada con García Márquez y Enrique Santos Calderón, siendo éste un hombre rebelde entre la burguesía de los Santos, los ex dueños de El Tiempo. Allí hizo escuela, porque estuvo dando garrote con su lengua brava. Antonio es hijo de las ideas que trajo consigo la famosa época del mayo del 68, donde estuvo y discutió los progresos que traería un cambio en Francia.

Apasionado a la tauromaquia y al arte, los que alterna con su pasión por la lectura y la escritura, esa que fue la culpable que él pariera una novela tan radiográfica y descriptiva de la capital del país, mostrando cómo sus élites se fueron resquebrajando y cayendo en la ruina, ese sin remedio que dio título a su novela Sin Remedio.

Un vicioso –en el buen término-, fumador de tabaco negro y gustador de los placeres mundanos. Caballero es un cronista y viajero incansable, seducido por lo toros y por el abstraccionismo, yendo y viniendo de todos los países que aún conservan en su cultura la fiesta brava, porque la pluma de Caballero vuelve hermoso y admirable lo más simple, como lo ha demostrado en los últimos veinte años, en que pasa ochos meses del año recorriendo las plazas de toros españolas y deleitándose con la buena mesa y el buen beber.

Caballero es amado –yo soy uno de sus admiradores- y odiado por otros, entre los que se encuentran los políticos, los medios económicos y los poderosos del país del sagrado conflicto.

A quien se le atraviese le apunta Caballero. Desde su columna cada quien recibe lo que se merece.

La revista Semana, un medio en la que ha sostenido desde hace veinte años su columna, ha adoptado como hija suya la pluma veraz y oportuna del hombre barbado –aún rebelde-, con calva de aristócrata, que siempre tiene la lanza lista para atacar al gobierno, desde Barco hasta Uribe II. El presidente de Colombia que más ha recibido banderillas ha sido Barco, de quien decía Caballero, tenía “cara de sobreviviente aéreo”.

Caballero es la pluma más clara y honesta del país, y por eso seguirá siendo la esperanza para quienes ya no creemos ni en el manto sagrado del corazón, y hemos perdido la redención divina del cristo de la víscera sagrada.

martes, 16 de noviembre de 2010

La necesidad de saber escribir

Quería escribir sobre un escritor que descubrí en los anaqueles librescos de un amigo, que es poco conocido y que es un maestro de la palabra, una pieza fundamental de la literatura colombiana, como Tomás González, que no sale en ningún medio editorial y es, desde mi punto de vista de riguroso lector, uno de los más sobresalientes de la última década, época en la que comenzó a publicar.

Con éste preámbulo, que no tiene nada que ver con lo que voy a escribir, quiero llamar la atención de algo que está siendo ‘pisoteado’ por todo el mundo, lo cual habla muy mal -sin que sean igual de voyeristas a mí-, porque saber escribir hace parte del buen entendimiento, más que un ejercicio de comunicación.

Es común escuchar que todo el mundo escribe, lo cual es falso, porque no es cierto. Todo el mundo redacta, más bien. Porque escribir demanda tiempo en la construcción de las ideas, en cada moldura gramatical y puntuación, para evitar que las construcciones de las frases se parezcan más a un lista de mercado que a un mensaje que se quiera transmitir.

Hace unos días leí un título de un texto que no recuerdo dónde fue publicado, pero que sí sé de qué hablaba, porque toda la semana me ha estado dando vueltas en mi cabeza. Decía más o menos así: “Felicitaciones a los alcohólicos de Yarumal (sic)”. En primer lugar no quiero herir la susceptibilidad de quien lo haya escrito, porque comprendo que lo escribió con un mensaje claro, sin darle un doble sentido ni querer marginar a quienes tenemos un gusto casi histriónico por los destilados y fermentados. En segundo lugar, ¿no es una discriminación por la forma como está escrita la frase?

Qué puede pensar quien lea ese título. No se necesita ser muy letrado ni erudito en lingüística para interpretar lo que se expresa. ¿Yarumal tiene una secta de alcohólicos? ¿Un nuevo grupo voyerista? ¿Un grupo protestante con nombre de vino de consagrar? Ahora ven qué importante saber escribir, porque no es lo mismo que redactar. Así sea un texto corto, que exprese cualquier tontería, necesita saberse usar la gramática, aplicar la sintaxis y detallar qué puede entenderse por lo que yo pienso, más no entienden quienes me leen.

¡Felicitaciones, homofóbicos de Yarumal! ¡Gracias, desechables! Si yo escribo esto en cualquier espacio público e incluso en éste medio de prensa, como título de un texto, que no sea de opinión, estoy seguro que me vetarán. Indignados saldrán a señalarme. Me lloverán insultos y calumnias. Irresponsable, ellos también tienen derecho.

Ahora, ven por qué es tan importante saber escribir. No faltarán quienes me endilguen epítetos burlescos de creerme escritor, con aires de literato y no sé qué más conceptos, porque para eso hay expertos. Injurioso.

Y no es el único texto que he leído que me produce confusión. Cuando leo los “tratados de bazofia” que escribe un politiquito con aires de periodista y analista político, no puedo dormir. No sé cómo hace un aspirante a leguleyo para escribir “basura” sin tener gramática, sin saber qué significan muchos de los términos que utiliza para calificar a muchos personajes de la política local, ni mucho menos cómo puede tener la deshonra de autocalificarse analista y copiar todo lo que según él se inventa. Así suelen ser los espadachines de burgomaestres que aspiran a magistraturas.

Estoy convencido que hasta para insultar se necesita saber gramática. Por eso es común y corriente escuchar cómo se expresa la gente, que no tiene idea de los errores idiomáticos, pero es entendible que sea gente del campo o poco letrados, no profesionales de oficio, empleados públicos ni eruditos de la política quienes usen términos como: “éntrese para adentro”, “coloquemos cuidado”, “retroalimentémonos de la información”. Muchos dicen que hablan perfectamente. ¿Será? Lo dudo mucho.
Hay quienes piensan, a manera de erudición, que entre más términos rebuscados mejor suena la expresión. Por favor, amigos, dejemos de usar este tipo de frases que escribí, porque todos son errores idiomáticos. Miren cómo hablan, y sabrán cómo les entienden.

Por tu salud: ponte un tapabocas y usa una lupa para detectar los errores comunes del idioma, porque las redundancias y los verbos tienen un orden dentro de las oraciones gramaticales.

sábado, 16 de octubre de 2010

Bibliopatía, mi enfermedad

La verdad nunca pensé que fuera a clasificarse dentro del vademécum psicológico esta adicción que, así como los juegos de azar tienen su término que es la ludopatía, ha estado llegando a muchos amigos cercanos, porque esta enfermedad que algunos, pocos diría yo, están sufriendo, y que apenas se está estudiando es más que una adicción: un placer por tener libros.

Todavía recuerdo las cantaletas familiares por la polilla, el reguero de libros y hojitas caídas en el suelo, como en la famosa fotografía del poeta León de Greiff fumando su cigarrillo con pipa larga, con sus libros revoloteados y echados al suelo sin dirección. Una adicción que fue creciendo con los años, sacrificando las onces para comprar la colección de los Premios Nobel, que vendieron alguna vez por autor cada semana. Qué cúmulo de libros. ¿Para qué sirve acumular libros? Para muchos basura. Otros más cultos –perdón por lo peyorativo-, una fuente de sabiduría. La inmensa mayoría dirá que es una adicción ridícula, porque hay cosas más importantes qué comprar con ese dinero que se gasta en libros, y que además ya los libros vienen digitales. Para eso está el Internet, dicen muchos de los que botan a la basura la colección de la Enciclopedia de la Ilustración o El Catecismo de Gaspar Astete, primera edición.

Lo que sí me reconforta un poco es el saber que somos varios los adictos, los locos, los que guardamos libros y compramos cuánto descuadernado o con fecha rara encontremos. No tenemos en nuestra biblioteca ni un betsellers ni un libraco de Coelho o de Riso, sino que tenemos como obligación de bibliópatas varias ediciones de “El Quijote de la Mancha” y “La carta para un joven poeta” de Rilke.

Sé que somos seres extraños porque tenemos libros que nunca leeremos, jamás regalaremos, ni nunca volveremos a conseguir. También nos preguntamos qué haremos con tanto libro en un eventual trasteo, si preferimos llevar menos objetos ornamentales de la casa o echar todos los libros en cajas al nuevo hogar. La verdad prefiero vivir rodeado de libros y no tener que padecer de ‘ignorancia’, un mal que no tiene cura.

Algunos son eruditos porque tiene muchos libros, pero más bien son lectores de ‘vuelo de pájaro’, porque tiene notas en todos lados de los libros, en lo que interesa. Cómo es extraño encontrar un buen conversador de literatura, porque es general escuchar hablar del partido de fútbol o del último capítulo de la novela de moda. Los libros, amigos fieles, revelan mejores secretos y engaños que los novelones-medio-culebreros de la pantalla colombiana.

Está bien que casi nadie lee, y que somos pocos los adictos. También es cierto que en Yarumal sí hay lectores y lo comprobé con una librería que monté con un par de amigos, una odisea que terminó en una Acuarimántima y en donde muchos libros fueron a parar a nuevos hogares. Los compradores eran de varias edades y los libros de autores muy conocidos, otros endiosados y un poco malos, pero lo importante es que nos dimos cuenta que la adicción de la bibliopatía es contagiosa. Algunas rarezas bibliográficas que lograron salir de nuestras bibliotecas personales fueron compradas a buen precio por quienes aprecian la literatura, una hija de la obre cultura, que pocos aprecian y muchos maltratan, pero que es el estado natural de más de un loco.

Así como el otro mal literario, “el mal de Montano”, clasifica a más de un lector y escritor, la adicción calificada como bibliopatía está tomando víctimas que, aunque pocas y escondidas, buscan desesperadamente un libro que llene su alma, y también su biblioteca.

sábado, 14 de agosto de 2010

Los últimos suspiros

Lástima que los partidos que en un determinado momento soñaron con gobernar el país estén quemando los últimos cartuchos. Pasadas las elecciones del año 2006, en que fue reelegido Álvaro Uribe Vélez, el Polo Democrático Alternativo, que de democrático y alternativo no tiene si no el nombre, por lo de sus discusiones impositivas que aplastan hasta a quien fue su candidato presidencial como Petro, y que se debatió durante cuatro años en defenderse del oscuro pasado militar y que dejó perder la oportunidad de seguir siendo la segunda fuerza política del país para estar entre los últimos, como quedó demostrado en las pasadas elecciones presidenciales.

Ahora, cuando el Partido Verde está como la segunda fuerza política del país, con los resultados que obtuvieron con la fórmula desequilibrada de Mockus y Fajardo, de cuya dupla estaba mejor preparado Sergio, y que muchas personas cayeron en la cuenta semanas después de haber cometido el peor error político de quienes buscaban un aire en la política: unirse a Mockus, el rey del autogol.

Se preguntarán por qué después de tantos días de haber pasado las elecciones soy reiterativo con éste tema político, pero no puedo dejarlo pasar por alto, aún sabiendo que de las decisiones que se tomen próximamente depende el futuro del Partido Verde, la renovación unitaria de la decencia, y del Polo Democrático, el partido que se soleó como el inmaculado de la política y se bronceó hasta quedar en cenizas.
El Partido Verde, ahora que circula una carta firmada por Sergio Fajardo en que sostiene que “están biches” como partido, pone en duda hasta qué punto estaban preparados la dupla de matemáticos para manejar el país en un eventual triunfo de la ola verde. Qué tan sincronizados estaban con lo que reclamaba el electorado y cómo asumirá la responsabilidad de ser la segunda fuerza política más importante del país, por encima del Polo, del Partido Liberal y del Partido Conservador.

Ahora bien. Qué piensa Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón del futuro del partido. Por lo que ha manifestado Fajardo en opiniones a la prensa no les interesa por el momento tomar decisiones. Les hizo daño el poder. No han tomado la decisión de entregarle la dirección del partido a algún militante y protocolizar el ingreso del movimiento Compromiso Ciudadano por Colombia, el creado por Fajardo, al Partido Verde. Por lo visto, están esperando ver con claridad cuáles serán las reglas de juego y qué participación tendrán en la Junta Nacional, porque la verdad sus simpatizantes no le perdonarían a Fajardo cometer un error político de tal magnitud, sin saber qué réditos se tiene.
Una lástima que por orgullos infundados se vaya a pique una opción de poder que se construyó con la esperanza de muchos colombianos que creyeron en ellos. Sergio Fajardo, quien estuvo recorriendo el país mucho antes de unirse a Mockus, lo que le dio un arranque a la ola verde que pronto murió, debe calcular muy bien qué es lo más conveniente para el pueblo antioqueño, donde está su nicho electoral, porque más que dar discusiones interminables deben buscar la construcción de la vitrina que los ponga como un Partido sólido para afrontar la elecciones del próximo año, donde se medirán como fuerza política con opción de poder en las alcaldías y gobernaciones, porque las asambleas y concejos son un tema que debe tratarse con cautela.

Están contados los días de los partidos disidentes del Acuerdo de Unidad Nacional que creó el presidente Juan Manuel Santos para construir una agenda política y social para el cuatrienio. El Polo y los Verdes deberán decidir si continúan sin rumbo o se dejan caer. Antes que ‘biches’ lo que le falta a estos dos partidos era hacer un descarte de militantes, porque mientras en el Polo mandan los Moreno, Robledo y Petro, en los Verdes el trío de los ex alcaldes no deja que un partido que sacó votos en todo el país se desenrole. En fin de cuentas, la oposición se está autodestruyendo, sin que el gobierno tenga que hacer mayor esfuerzo como en los tiempos de Uribe.