Hablar de un hombre tan complejo en su personalidad, locuaz, mordaz, sincero y transparente en su pensamiento no es una tarea fácil.
Antonio Caballero, un hombre de prosa fuerte y firme, que durante treinta años ha marcado y escrito con su pluma la historia de éste país, recreando cada crítica, sea política o de algún tema de la vida diaria, trazando cada línea con su arte cómico, mostrando la realidad de un país sin memoria que está resurgiendo a la esperanza.
La vida de Caballero, un hombre aristócrata en todo el sentido de la palabra, honesta y caballeresca, es la filosofía de un izquierdista que ha sabido manejar su ética periodística, sin matricularse con ningún partido político, haciendo que un caballero, del estilo y carácter de Caballero, ponga en mayúscula una verdad certera, poniendo en coma a quienes defienden que existe una sola Colombia, y que expone en sus columnas como dos: la Colombia de las élites bogotanas, que tiene una doble moral; y la otra, la Colombia rural que vive las inclemencias de una absurda guerra que el gobierno no quiere terminar. Y los grupos irregulares, corrompidos por el narcotráfico, tampoco.
Caballero ha sabido mantener su acidez crítica como lo haría –si aún viviera- su tío Lucas Caballero, conocido con el seudónimo de Klim, y su mismo padre, novelista y político, Eduardo Caballero Calderón.
Los inicios de Caballero en la periodística nacional fueron en la revista Alternativa, fundada con García Márquez y Enrique Santos Calderón, siendo éste un hombre rebelde entre la burguesía de los Santos, los ex dueños de El Tiempo. Allí hizo escuela, porque estuvo dando garrote con su lengua brava. Antonio es hijo de las ideas que trajo consigo la famosa época del mayo del 68, donde estuvo y discutió los progresos que traería un cambio en Francia.
Apasionado a la tauromaquia y al arte, los que alterna con su pasión por la lectura y la escritura, esa que fue la culpable que él pariera una novela tan radiográfica y descriptiva de la capital del país, mostrando cómo sus élites se fueron resquebrajando y cayendo en la ruina, ese sin remedio que dio título a su novela Sin Remedio.
Un vicioso –en el buen término-, fumador de tabaco negro y gustador de los placeres mundanos. Caballero es un cronista y viajero incansable, seducido por lo toros y por el abstraccionismo, yendo y viniendo de todos los países que aún conservan en su cultura la fiesta brava, porque la pluma de Caballero vuelve hermoso y admirable lo más simple, como lo ha demostrado en los últimos veinte años, en que pasa ochos meses del año recorriendo las plazas de toros españolas y deleitándose con la buena mesa y el buen beber.
Caballero es amado –yo soy uno de sus admiradores- y odiado por otros, entre los que se encuentran los políticos, los medios económicos y los poderosos del país del sagrado conflicto.
A quien se le atraviese le apunta Caballero. Desde su columna cada quien recibe lo que se merece.
La revista Semana, un medio en la que ha sostenido desde hace veinte años su columna, ha adoptado como hija suya la pluma veraz y oportuna del hombre barbado –aún rebelde-, con calva de aristócrata, que siempre tiene la lanza lista para atacar al gobierno, desde Barco hasta Uribe II. El presidente de Colombia que más ha recibido banderillas ha sido Barco, de quien decía Caballero, tenía “cara de sobreviviente aéreo”.
Caballero es la pluma más clara y honesta del país, y por eso seguirá siendo la esperanza para quienes ya no creemos ni en el manto sagrado del corazón, y hemos perdido la redención divina del cristo de la víscera sagrada.
Opiniones, disertaciones, confesiones; sobre política, religión, moral y doblemoral.
viernes, 26 de noviembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
La necesidad de saber escribir
Quería escribir sobre un escritor que descubrí en los anaqueles librescos de un amigo, que es poco conocido y que es un maestro de la palabra, una pieza fundamental de la literatura colombiana, como Tomás González, que no sale en ningún medio editorial y es, desde mi punto de vista de riguroso lector, uno de los más sobresalientes de la última década, época en la que comenzó a publicar.
Con éste preámbulo, que no tiene nada que ver con lo que voy a escribir, quiero llamar la atención de algo que está siendo ‘pisoteado’ por todo el mundo, lo cual habla muy mal -sin que sean igual de voyeristas a mí-, porque saber escribir hace parte del buen entendimiento, más que un ejercicio de comunicación.
Es común escuchar que todo el mundo escribe, lo cual es falso, porque no es cierto. Todo el mundo redacta, más bien. Porque escribir demanda tiempo en la construcción de las ideas, en cada moldura gramatical y puntuación, para evitar que las construcciones de las frases se parezcan más a un lista de mercado que a un mensaje que se quiera transmitir.
Hace unos días leí un título de un texto que no recuerdo dónde fue publicado, pero que sí sé de qué hablaba, porque toda la semana me ha estado dando vueltas en mi cabeza. Decía más o menos así: “Felicitaciones a los alcohólicos de Yarumal (sic)”. En primer lugar no quiero herir la susceptibilidad de quien lo haya escrito, porque comprendo que lo escribió con un mensaje claro, sin darle un doble sentido ni querer marginar a quienes tenemos un gusto casi histriónico por los destilados y fermentados. En segundo lugar, ¿no es una discriminación por la forma como está escrita la frase?
Qué puede pensar quien lea ese título. No se necesita ser muy letrado ni erudito en lingüística para interpretar lo que se expresa. ¿Yarumal tiene una secta de alcohólicos? ¿Un nuevo grupo voyerista? ¿Un grupo protestante con nombre de vino de consagrar? Ahora ven qué importante saber escribir, porque no es lo mismo que redactar. Así sea un texto corto, que exprese cualquier tontería, necesita saberse usar la gramática, aplicar la sintaxis y detallar qué puede entenderse por lo que yo pienso, más no entienden quienes me leen.
¡Felicitaciones, homofóbicos de Yarumal! ¡Gracias, desechables! Si yo escribo esto en cualquier espacio público e incluso en éste medio de prensa, como título de un texto, que no sea de opinión, estoy seguro que me vetarán. Indignados saldrán a señalarme. Me lloverán insultos y calumnias. Irresponsable, ellos también tienen derecho.
Ahora, ven por qué es tan importante saber escribir. No faltarán quienes me endilguen epítetos burlescos de creerme escritor, con aires de literato y no sé qué más conceptos, porque para eso hay expertos. Injurioso.
Y no es el único texto que he leído que me produce confusión. Cuando leo los “tratados de bazofia” que escribe un politiquito con aires de periodista y analista político, no puedo dormir. No sé cómo hace un aspirante a leguleyo para escribir “basura” sin tener gramática, sin saber qué significan muchos de los términos que utiliza para calificar a muchos personajes de la política local, ni mucho menos cómo puede tener la deshonra de autocalificarse analista y copiar todo lo que según él se inventa. Así suelen ser los espadachines de burgomaestres que aspiran a magistraturas.
Estoy convencido que hasta para insultar se necesita saber gramática. Por eso es común y corriente escuchar cómo se expresa la gente, que no tiene idea de los errores idiomáticos, pero es entendible que sea gente del campo o poco letrados, no profesionales de oficio, empleados públicos ni eruditos de la política quienes usen términos como: “éntrese para adentro”, “coloquemos cuidado”, “retroalimentémonos de la información”. Muchos dicen que hablan perfectamente. ¿Será? Lo dudo mucho.
Hay quienes piensan, a manera de erudición, que entre más términos rebuscados mejor suena la expresión. Por favor, amigos, dejemos de usar este tipo de frases que escribí, porque todos son errores idiomáticos. Miren cómo hablan, y sabrán cómo les entienden.
Por tu salud: ponte un tapabocas y usa una lupa para detectar los errores comunes del idioma, porque las redundancias y los verbos tienen un orden dentro de las oraciones gramaticales.
Con éste preámbulo, que no tiene nada que ver con lo que voy a escribir, quiero llamar la atención de algo que está siendo ‘pisoteado’ por todo el mundo, lo cual habla muy mal -sin que sean igual de voyeristas a mí-, porque saber escribir hace parte del buen entendimiento, más que un ejercicio de comunicación.
Es común escuchar que todo el mundo escribe, lo cual es falso, porque no es cierto. Todo el mundo redacta, más bien. Porque escribir demanda tiempo en la construcción de las ideas, en cada moldura gramatical y puntuación, para evitar que las construcciones de las frases se parezcan más a un lista de mercado que a un mensaje que se quiera transmitir.
Hace unos días leí un título de un texto que no recuerdo dónde fue publicado, pero que sí sé de qué hablaba, porque toda la semana me ha estado dando vueltas en mi cabeza. Decía más o menos así: “Felicitaciones a los alcohólicos de Yarumal (sic)”. En primer lugar no quiero herir la susceptibilidad de quien lo haya escrito, porque comprendo que lo escribió con un mensaje claro, sin darle un doble sentido ni querer marginar a quienes tenemos un gusto casi histriónico por los destilados y fermentados. En segundo lugar, ¿no es una discriminación por la forma como está escrita la frase?
Qué puede pensar quien lea ese título. No se necesita ser muy letrado ni erudito en lingüística para interpretar lo que se expresa. ¿Yarumal tiene una secta de alcohólicos? ¿Un nuevo grupo voyerista? ¿Un grupo protestante con nombre de vino de consagrar? Ahora ven qué importante saber escribir, porque no es lo mismo que redactar. Así sea un texto corto, que exprese cualquier tontería, necesita saberse usar la gramática, aplicar la sintaxis y detallar qué puede entenderse por lo que yo pienso, más no entienden quienes me leen.
¡Felicitaciones, homofóbicos de Yarumal! ¡Gracias, desechables! Si yo escribo esto en cualquier espacio público e incluso en éste medio de prensa, como título de un texto, que no sea de opinión, estoy seguro que me vetarán. Indignados saldrán a señalarme. Me lloverán insultos y calumnias. Irresponsable, ellos también tienen derecho.
Ahora, ven por qué es tan importante saber escribir. No faltarán quienes me endilguen epítetos burlescos de creerme escritor, con aires de literato y no sé qué más conceptos, porque para eso hay expertos. Injurioso.
Y no es el único texto que he leído que me produce confusión. Cuando leo los “tratados de bazofia” que escribe un politiquito con aires de periodista y analista político, no puedo dormir. No sé cómo hace un aspirante a leguleyo para escribir “basura” sin tener gramática, sin saber qué significan muchos de los términos que utiliza para calificar a muchos personajes de la política local, ni mucho menos cómo puede tener la deshonra de autocalificarse analista y copiar todo lo que según él se inventa. Así suelen ser los espadachines de burgomaestres que aspiran a magistraturas.
Estoy convencido que hasta para insultar se necesita saber gramática. Por eso es común y corriente escuchar cómo se expresa la gente, que no tiene idea de los errores idiomáticos, pero es entendible que sea gente del campo o poco letrados, no profesionales de oficio, empleados públicos ni eruditos de la política quienes usen términos como: “éntrese para adentro”, “coloquemos cuidado”, “retroalimentémonos de la información”. Muchos dicen que hablan perfectamente. ¿Será? Lo dudo mucho.
Hay quienes piensan, a manera de erudición, que entre más términos rebuscados mejor suena la expresión. Por favor, amigos, dejemos de usar este tipo de frases que escribí, porque todos son errores idiomáticos. Miren cómo hablan, y sabrán cómo les entienden.
Por tu salud: ponte un tapabocas y usa una lupa para detectar los errores comunes del idioma, porque las redundancias y los verbos tienen un orden dentro de las oraciones gramaticales.
sábado, 16 de octubre de 2010
Bibliopatía, mi enfermedad
La verdad nunca pensé que fuera a clasificarse dentro del vademécum psicológico esta adicción que, así como los juegos de azar tienen su término que es la ludopatía, ha estado llegando a muchos amigos cercanos, porque esta enfermedad que algunos, pocos diría yo, están sufriendo, y que apenas se está estudiando es más que una adicción: un placer por tener libros.
Todavía recuerdo las cantaletas familiares por la polilla, el reguero de libros y hojitas caídas en el suelo, como en la famosa fotografía del poeta León de Greiff fumando su cigarrillo con pipa larga, con sus libros revoloteados y echados al suelo sin dirección. Una adicción que fue creciendo con los años, sacrificando las onces para comprar la colección de los Premios Nobel, que vendieron alguna vez por autor cada semana. Qué cúmulo de libros. ¿Para qué sirve acumular libros? Para muchos basura. Otros más cultos –perdón por lo peyorativo-, una fuente de sabiduría. La inmensa mayoría dirá que es una adicción ridícula, porque hay cosas más importantes qué comprar con ese dinero que se gasta en libros, y que además ya los libros vienen digitales. Para eso está el Internet, dicen muchos de los que botan a la basura la colección de la Enciclopedia de la Ilustración o El Catecismo de Gaspar Astete, primera edición.
Lo que sí me reconforta un poco es el saber que somos varios los adictos, los locos, los que guardamos libros y compramos cuánto descuadernado o con fecha rara encontremos. No tenemos en nuestra biblioteca ni un betsellers ni un libraco de Coelho o de Riso, sino que tenemos como obligación de bibliópatas varias ediciones de “El Quijote de la Mancha” y “La carta para un joven poeta” de Rilke.
Sé que somos seres extraños porque tenemos libros que nunca leeremos, jamás regalaremos, ni nunca volveremos a conseguir. También nos preguntamos qué haremos con tanto libro en un eventual trasteo, si preferimos llevar menos objetos ornamentales de la casa o echar todos los libros en cajas al nuevo hogar. La verdad prefiero vivir rodeado de libros y no tener que padecer de ‘ignorancia’, un mal que no tiene cura.
Algunos son eruditos porque tiene muchos libros, pero más bien son lectores de ‘vuelo de pájaro’, porque tiene notas en todos lados de los libros, en lo que interesa. Cómo es extraño encontrar un buen conversador de literatura, porque es general escuchar hablar del partido de fútbol o del último capítulo de la novela de moda. Los libros, amigos fieles, revelan mejores secretos y engaños que los novelones-medio-culebreros de la pantalla colombiana.
Está bien que casi nadie lee, y que somos pocos los adictos. También es cierto que en Yarumal sí hay lectores y lo comprobé con una librería que monté con un par de amigos, una odisea que terminó en una Acuarimántima y en donde muchos libros fueron a parar a nuevos hogares. Los compradores eran de varias edades y los libros de autores muy conocidos, otros endiosados y un poco malos, pero lo importante es que nos dimos cuenta que la adicción de la bibliopatía es contagiosa. Algunas rarezas bibliográficas que lograron salir de nuestras bibliotecas personales fueron compradas a buen precio por quienes aprecian la literatura, una hija de la obre cultura, que pocos aprecian y muchos maltratan, pero que es el estado natural de más de un loco.
Así como el otro mal literario, “el mal de Montano”, clasifica a más de un lector y escritor, la adicción calificada como bibliopatía está tomando víctimas que, aunque pocas y escondidas, buscan desesperadamente un libro que llene su alma, y también su biblioteca.
Todavía recuerdo las cantaletas familiares por la polilla, el reguero de libros y hojitas caídas en el suelo, como en la famosa fotografía del poeta León de Greiff fumando su cigarrillo con pipa larga, con sus libros revoloteados y echados al suelo sin dirección. Una adicción que fue creciendo con los años, sacrificando las onces para comprar la colección de los Premios Nobel, que vendieron alguna vez por autor cada semana. Qué cúmulo de libros. ¿Para qué sirve acumular libros? Para muchos basura. Otros más cultos –perdón por lo peyorativo-, una fuente de sabiduría. La inmensa mayoría dirá que es una adicción ridícula, porque hay cosas más importantes qué comprar con ese dinero que se gasta en libros, y que además ya los libros vienen digitales. Para eso está el Internet, dicen muchos de los que botan a la basura la colección de la Enciclopedia de la Ilustración o El Catecismo de Gaspar Astete, primera edición.
Lo que sí me reconforta un poco es el saber que somos varios los adictos, los locos, los que guardamos libros y compramos cuánto descuadernado o con fecha rara encontremos. No tenemos en nuestra biblioteca ni un betsellers ni un libraco de Coelho o de Riso, sino que tenemos como obligación de bibliópatas varias ediciones de “El Quijote de la Mancha” y “La carta para un joven poeta” de Rilke.
Sé que somos seres extraños porque tenemos libros que nunca leeremos, jamás regalaremos, ni nunca volveremos a conseguir. También nos preguntamos qué haremos con tanto libro en un eventual trasteo, si preferimos llevar menos objetos ornamentales de la casa o echar todos los libros en cajas al nuevo hogar. La verdad prefiero vivir rodeado de libros y no tener que padecer de ‘ignorancia’, un mal que no tiene cura.
Algunos son eruditos porque tiene muchos libros, pero más bien son lectores de ‘vuelo de pájaro’, porque tiene notas en todos lados de los libros, en lo que interesa. Cómo es extraño encontrar un buen conversador de literatura, porque es general escuchar hablar del partido de fútbol o del último capítulo de la novela de moda. Los libros, amigos fieles, revelan mejores secretos y engaños que los novelones-medio-culebreros de la pantalla colombiana.
Está bien que casi nadie lee, y que somos pocos los adictos. También es cierto que en Yarumal sí hay lectores y lo comprobé con una librería que monté con un par de amigos, una odisea que terminó en una Acuarimántima y en donde muchos libros fueron a parar a nuevos hogares. Los compradores eran de varias edades y los libros de autores muy conocidos, otros endiosados y un poco malos, pero lo importante es que nos dimos cuenta que la adicción de la bibliopatía es contagiosa. Algunas rarezas bibliográficas que lograron salir de nuestras bibliotecas personales fueron compradas a buen precio por quienes aprecian la literatura, una hija de la obre cultura, que pocos aprecian y muchos maltratan, pero que es el estado natural de más de un loco.
Así como el otro mal literario, “el mal de Montano”, clasifica a más de un lector y escritor, la adicción calificada como bibliopatía está tomando víctimas que, aunque pocas y escondidas, buscan desesperadamente un libro que llene su alma, y también su biblioteca.
sábado, 14 de agosto de 2010
Los últimos suspiros
Lástima que los partidos que en un determinado momento soñaron con gobernar el país estén quemando los últimos cartuchos. Pasadas las elecciones del año 2006, en que fue reelegido Álvaro Uribe Vélez, el Polo Democrático Alternativo, que de democrático y alternativo no tiene si no el nombre, por lo de sus discusiones impositivas que aplastan hasta a quien fue su candidato presidencial como Petro, y que se debatió durante cuatro años en defenderse del oscuro pasado militar y que dejó perder la oportunidad de seguir siendo la segunda fuerza política del país para estar entre los últimos, como quedó demostrado en las pasadas elecciones presidenciales.
Ahora, cuando el Partido Verde está como la segunda fuerza política del país, con los resultados que obtuvieron con la fórmula desequilibrada de Mockus y Fajardo, de cuya dupla estaba mejor preparado Sergio, y que muchas personas cayeron en la cuenta semanas después de haber cometido el peor error político de quienes buscaban un aire en la política: unirse a Mockus, el rey del autogol.
Se preguntarán por qué después de tantos días de haber pasado las elecciones soy reiterativo con éste tema político, pero no puedo dejarlo pasar por alto, aún sabiendo que de las decisiones que se tomen próximamente depende el futuro del Partido Verde, la renovación unitaria de la decencia, y del Polo Democrático, el partido que se soleó como el inmaculado de la política y se bronceó hasta quedar en cenizas.
El Partido Verde, ahora que circula una carta firmada por Sergio Fajardo en que sostiene que “están biches” como partido, pone en duda hasta qué punto estaban preparados la dupla de matemáticos para manejar el país en un eventual triunfo de la ola verde. Qué tan sincronizados estaban con lo que reclamaba el electorado y cómo asumirá la responsabilidad de ser la segunda fuerza política más importante del país, por encima del Polo, del Partido Liberal y del Partido Conservador.
Ahora bien. Qué piensa Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón del futuro del partido. Por lo que ha manifestado Fajardo en opiniones a la prensa no les interesa por el momento tomar decisiones. Les hizo daño el poder. No han tomado la decisión de entregarle la dirección del partido a algún militante y protocolizar el ingreso del movimiento Compromiso Ciudadano por Colombia, el creado por Fajardo, al Partido Verde. Por lo visto, están esperando ver con claridad cuáles serán las reglas de juego y qué participación tendrán en la Junta Nacional, porque la verdad sus simpatizantes no le perdonarían a Fajardo cometer un error político de tal magnitud, sin saber qué réditos se tiene.
Una lástima que por orgullos infundados se vaya a pique una opción de poder que se construyó con la esperanza de muchos colombianos que creyeron en ellos. Sergio Fajardo, quien estuvo recorriendo el país mucho antes de unirse a Mockus, lo que le dio un arranque a la ola verde que pronto murió, debe calcular muy bien qué es lo más conveniente para el pueblo antioqueño, donde está su nicho electoral, porque más que dar discusiones interminables deben buscar la construcción de la vitrina que los ponga como un Partido sólido para afrontar la elecciones del próximo año, donde se medirán como fuerza política con opción de poder en las alcaldías y gobernaciones, porque las asambleas y concejos son un tema que debe tratarse con cautela.
Están contados los días de los partidos disidentes del Acuerdo de Unidad Nacional que creó el presidente Juan Manuel Santos para construir una agenda política y social para el cuatrienio. El Polo y los Verdes deberán decidir si continúan sin rumbo o se dejan caer. Antes que ‘biches’ lo que le falta a estos dos partidos era hacer un descarte de militantes, porque mientras en el Polo mandan los Moreno, Robledo y Petro, en los Verdes el trío de los ex alcaldes no deja que un partido que sacó votos en todo el país se desenrole. En fin de cuentas, la oposición se está autodestruyendo, sin que el gobierno tenga que hacer mayor esfuerzo como en los tiempos de Uribe.
Ahora, cuando el Partido Verde está como la segunda fuerza política del país, con los resultados que obtuvieron con la fórmula desequilibrada de Mockus y Fajardo, de cuya dupla estaba mejor preparado Sergio, y que muchas personas cayeron en la cuenta semanas después de haber cometido el peor error político de quienes buscaban un aire en la política: unirse a Mockus, el rey del autogol.
Se preguntarán por qué después de tantos días de haber pasado las elecciones soy reiterativo con éste tema político, pero no puedo dejarlo pasar por alto, aún sabiendo que de las decisiones que se tomen próximamente depende el futuro del Partido Verde, la renovación unitaria de la decencia, y del Polo Democrático, el partido que se soleó como el inmaculado de la política y se bronceó hasta quedar en cenizas.
El Partido Verde, ahora que circula una carta firmada por Sergio Fajardo en que sostiene que “están biches” como partido, pone en duda hasta qué punto estaban preparados la dupla de matemáticos para manejar el país en un eventual triunfo de la ola verde. Qué tan sincronizados estaban con lo que reclamaba el electorado y cómo asumirá la responsabilidad de ser la segunda fuerza política más importante del país, por encima del Polo, del Partido Liberal y del Partido Conservador.
Ahora bien. Qué piensa Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón del futuro del partido. Por lo que ha manifestado Fajardo en opiniones a la prensa no les interesa por el momento tomar decisiones. Les hizo daño el poder. No han tomado la decisión de entregarle la dirección del partido a algún militante y protocolizar el ingreso del movimiento Compromiso Ciudadano por Colombia, el creado por Fajardo, al Partido Verde. Por lo visto, están esperando ver con claridad cuáles serán las reglas de juego y qué participación tendrán en la Junta Nacional, porque la verdad sus simpatizantes no le perdonarían a Fajardo cometer un error político de tal magnitud, sin saber qué réditos se tiene.
Una lástima que por orgullos infundados se vaya a pique una opción de poder que se construyó con la esperanza de muchos colombianos que creyeron en ellos. Sergio Fajardo, quien estuvo recorriendo el país mucho antes de unirse a Mockus, lo que le dio un arranque a la ola verde que pronto murió, debe calcular muy bien qué es lo más conveniente para el pueblo antioqueño, donde está su nicho electoral, porque más que dar discusiones interminables deben buscar la construcción de la vitrina que los ponga como un Partido sólido para afrontar la elecciones del próximo año, donde se medirán como fuerza política con opción de poder en las alcaldías y gobernaciones, porque las asambleas y concejos son un tema que debe tratarse con cautela.
Están contados los días de los partidos disidentes del Acuerdo de Unidad Nacional que creó el presidente Juan Manuel Santos para construir una agenda política y social para el cuatrienio. El Polo y los Verdes deberán decidir si continúan sin rumbo o se dejan caer. Antes que ‘biches’ lo que le falta a estos dos partidos era hacer un descarte de militantes, porque mientras en el Polo mandan los Moreno, Robledo y Petro, en los Verdes el trío de los ex alcaldes no deja que un partido que sacó votos en todo el país se desenrole. En fin de cuentas, la oposición se está autodestruyendo, sin que el gobierno tenga que hacer mayor esfuerzo como en los tiempos de Uribe.
sábado, 7 de agosto de 2010
Un adiós para el Presidente
Todavía no sé cómo aprendí a valorar al presidente Álvaro Uribe. O bueno, sí sé, pero me negaba a verlo como el Líder (con mayúscula) con mayor popularidad entre el pueblo colombiano que concentra la atención de sus más acérrimos opositores, columnistas de opinión muchos de ellos, que creen ser los profetas de la política y los inmaculados de la ética social. Mas o menos lo que es, o no sé si todavía, Antanas Mockus.
En este mismo semanario fue común encontrar opiniones mías contradiciendo al presidente Uribe, convirtiéndome en un energúmeno político que apuntaba y daba en el blanco a muchas fichas que eran una realidad de transformación. Me equivoqué y pedí perdón. Porque hice una reestructuración política y revisé mis posturas. Lástima que quienes fueron mis amigos en esos tiempos sigan hablando de conceptos revaluados. Claro que hablar de sindicalismo y marxismo es muy bueno con la barriga llena.
Estando en un grupo político que se hacía llamar Polo, demagógico e izquierdista, creo que fui aprendiendo a ver con mayor claridad cuál era la transformación de país que estaba forjando Uribe, un político de provincia antioqueña que le dio un vuelco al retroceso que en los años noventa y primeros años del siglo XXI le dieron a Colombia César Gaviria, Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Uribe entrañó en su discurso el flagelo de un pueblo aporreado, herido de muerte y con necesidades, por lo que creó una sólida Doctrina de Seguridad Democrática que seguirá marcando el rumbo en los próximos años de un país que pasó del miedo a la recuperación de la democracia y el crecimiento económico. Colombia volvió a nacer después del adormecimiento en el Proceso de Paz del Caguán. La ceguera es incurable hasta que no se renuncie al odio.
Muchos de los escándalos -si puede llamársele así sin caer en el amarillismo de Daniel Coronell- que tuvo este gobierno, fueron propiamente el resultado de una serie de cambios que empezó aplicar Álvaro Uribe dentro del gobierno y en la rama legislativa, de donde salió la depuración de muchas personas vinculadas con grupos al margen de la ley y que fueron objeto de exhaustivas investigaciones, por lo que pese a las especulaciones de los “jueces sin toga” que ostentan muchos columnistas de opinión, el gobierno nunca cayó ni se doblegó. Por el contrario, fue mucho más fuerte en darle la espalda y atacar certeramente la delincuencia y los grupos al margen de la ley, porque las Operaciones Jaque y Camaleón son éxitos rotundos en la carrera por exterminar el terrorismo.
Es una lástima que el presidente Uribe se le vea dejar el poder, porque quedaron asuntos pendientes para darle un cierre con broche de oro a su gobierno, pero que deberán ser asumidos con premura por el presidente Juan Manuel Santos, quien ostenta la confianza que el pueblo colombiano le dio al presidente Uribe en ocho años de gobierno.
Santos se debe a Uribe. Por lo tanto, no podrá defraudar la confianza de un pueblo que jamás abandonó a su presidente en los momentos más críticos, que son muchos y vale la pena recordar que la Operación Fénix, en que murió Raúl Reyes en territorio ecuatoriano, es la mecha que expandió el actual conflicto diplomático con Venezuela; el asesinato de los Diputados del Valle y la muerte de otros uniformados son el balance negativo de una lucha que se va ganando, pero a la que no puede soltársele el cuello.
Quién más torero que Uribe para lidiar con el bloque chavista. Basta recordar la Cumbre de Unasur en Bariloche, Argentina, para ver cómo la defensa de un país se hace con vehemencia y rectitud, jamás con calificativos de grueso calibre. La verdad sale a flote por sobre el rabo de paja de los auxiliadores del terrorismo. En eso ganó Uribe, quien mantuvo la soberanía y la dignidad de un país en alto. No se doblegó ni dejará que con el nuevo gobierno suceda. Así sea una estratagema no muy común, Santos deberá tener el poder detrás del trono. Porque los huevitos, hasta no acostumbrarse a una nueva gallina, deberán seguir calentados temporalmente hasta que empollen y empiecen a crecer.
Presidente URIBE: gracias por dejar el país mucho mejor de como lo encontró. Así no corran ríos de leche y miel, sí se saborea mejor la Colombia actual.
En este mismo semanario fue común encontrar opiniones mías contradiciendo al presidente Uribe, convirtiéndome en un energúmeno político que apuntaba y daba en el blanco a muchas fichas que eran una realidad de transformación. Me equivoqué y pedí perdón. Porque hice una reestructuración política y revisé mis posturas. Lástima que quienes fueron mis amigos en esos tiempos sigan hablando de conceptos revaluados. Claro que hablar de sindicalismo y marxismo es muy bueno con la barriga llena.
Estando en un grupo político que se hacía llamar Polo, demagógico e izquierdista, creo que fui aprendiendo a ver con mayor claridad cuál era la transformación de país que estaba forjando Uribe, un político de provincia antioqueña que le dio un vuelco al retroceso que en los años noventa y primeros años del siglo XXI le dieron a Colombia César Gaviria, Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Uribe entrañó en su discurso el flagelo de un pueblo aporreado, herido de muerte y con necesidades, por lo que creó una sólida Doctrina de Seguridad Democrática que seguirá marcando el rumbo en los próximos años de un país que pasó del miedo a la recuperación de la democracia y el crecimiento económico. Colombia volvió a nacer después del adormecimiento en el Proceso de Paz del Caguán. La ceguera es incurable hasta que no se renuncie al odio.
Muchos de los escándalos -si puede llamársele así sin caer en el amarillismo de Daniel Coronell- que tuvo este gobierno, fueron propiamente el resultado de una serie de cambios que empezó aplicar Álvaro Uribe dentro del gobierno y en la rama legislativa, de donde salió la depuración de muchas personas vinculadas con grupos al margen de la ley y que fueron objeto de exhaustivas investigaciones, por lo que pese a las especulaciones de los “jueces sin toga” que ostentan muchos columnistas de opinión, el gobierno nunca cayó ni se doblegó. Por el contrario, fue mucho más fuerte en darle la espalda y atacar certeramente la delincuencia y los grupos al margen de la ley, porque las Operaciones Jaque y Camaleón son éxitos rotundos en la carrera por exterminar el terrorismo.
Es una lástima que el presidente Uribe se le vea dejar el poder, porque quedaron asuntos pendientes para darle un cierre con broche de oro a su gobierno, pero que deberán ser asumidos con premura por el presidente Juan Manuel Santos, quien ostenta la confianza que el pueblo colombiano le dio al presidente Uribe en ocho años de gobierno.
Santos se debe a Uribe. Por lo tanto, no podrá defraudar la confianza de un pueblo que jamás abandonó a su presidente en los momentos más críticos, que son muchos y vale la pena recordar que la Operación Fénix, en que murió Raúl Reyes en territorio ecuatoriano, es la mecha que expandió el actual conflicto diplomático con Venezuela; el asesinato de los Diputados del Valle y la muerte de otros uniformados son el balance negativo de una lucha que se va ganando, pero a la que no puede soltársele el cuello.
Quién más torero que Uribe para lidiar con el bloque chavista. Basta recordar la Cumbre de Unasur en Bariloche, Argentina, para ver cómo la defensa de un país se hace con vehemencia y rectitud, jamás con calificativos de grueso calibre. La verdad sale a flote por sobre el rabo de paja de los auxiliadores del terrorismo. En eso ganó Uribe, quien mantuvo la soberanía y la dignidad de un país en alto. No se doblegó ni dejará que con el nuevo gobierno suceda. Así sea una estratagema no muy común, Santos deberá tener el poder detrás del trono. Porque los huevitos, hasta no acostumbrarse a una nueva gallina, deberán seguir calentados temporalmente hasta que empollen y empiecen a crecer.
Presidente URIBE: gracias por dejar el país mucho mejor de como lo encontró. Así no corran ríos de leche y miel, sí se saborea mejor la Colombia actual.
domingo, 13 de junio de 2010
Catapulta de agache
La noticia más sonada dentro de los grupos de politólogos –incluyendo las cafeterías- fue que el presidente Uribe salió victorioso y dio cátedra de diplomacia a los presidentes Chávez, Correa y Ortega. Independiente de no tener la misma afección de muchos de mis amigos por Álvaro Uribe Vélez, ciudadano colombiano y citadino de Salgar, Antioquia, reconozco la diplomacia del jefe del Estado colombiano. Santo y seña.
Sí, habló bonito, con la jurisprudencia colombiana y dentro de los parámetros de la diplomacia. En un tono medio altisonante, más no hipócrita, por decir lo menos. Fue Uribe, quien además de mostrar las pruebas –no voy a deslegitimarlas- se acercó con gallardía a Correa –quien lo miró desconfiado-, a Chávez –quien con chanza recibió las disculpas- y a Ortega –quien todavía no da el brazo a torcer por San Andrés y Providencia-, les anestesió las heridas abiertas por tanta banderilla y los estocó para la foto, los tres sonrientes y Uribe con la tres dedos levantados: III (Triuribato)
Las acciones de defensa que emprendió el presidente, en la semana más aciaga de su gobierno, en la más victoriosa y feliz de su seguridad democrática, lo catapultaron a tener una popularidad que debe reconocerse, aunque no admitirse. Antes de disputa diplomática tenía un 80% de popularidad; una semana después tiene un 88%. Interpretaciones hay muchas, verdades contadas.
Para muchos es orgullo que el presidente tenga una de las popularidades más altas en la historia del país, incluso por encima de la funesta expansión del socialismo bolivariano de Chávez. Pero se olvidan de lo que pasa en realidad en casa, en las altas esferas del gobierno que, adverso a la buena diplomacia del presidente están al borde del patíbulo.
Pocos estuvieron pendientes del debate que le hicieron al ministro sucesor de la seguridad democrática, Andrés Felipe Arias, a quien le hicieron contar los kilómetros de la hacienda Carimagua con la lengua. Sudó para salir a defenderse. La senadora liberal Cecilia López lo trató de “despojador de tierras” y “contrarreformista”, porque estaba haciendo la tercera reforma agraria en el país, sucediendo las ya hechas por la violencia en los años sesenta y la de los pramilitares. Este hecho puso en serios aprietos al ministro, quien ve remota su presidencia y cerca su remoción del cargo. Todo pasó al olvido con la brillante diplomacia del presidente.
El camino es culebrero, dirán los paisanos. Para una presunta reelección del presidente faltan muchas tareas difíciles, en las que habrá que acudir a la malicia paisa, de quien el presidente es su mayor promotor. Faltan algunos meses para elegir presidente en los Estados Unidos, a sabiendas de que ganará Obama, promotor en defender la mano de obra gringa, antitratados de libre comercio, en el que Colombia saldrá mal librado.
La popularidad del presidente podría empezar a decrecer si en EE.UU ganan los Demócratas, y los principales proyectos afectados sería el replanteamiento del Plan Colombia, que ahora se llama Patriota; los créditos para financiar la guerra, por lo que se verán obligados a gravarle unas décimas más al impuesto al patrimonio que, según el Ministro de Hacienda, lo pagan los cinco ricos del país, y terminan pagándolo los de clase media.
Ahora que estamos en la época de la tolerancia y el regocijo, reconozco las acciones que por el bien de la nación viene desarrollando el gobierno, y proclamo la defensa que de la institucionalidad colombiana hizo el presidente. Pero, espero que en esta semana de fe, y poca esperanza, el presidente reconsidere la posibilidad de optar por el triuribito y se dé unas vacaciones, muy necesarias para los huesitos, las carnitas y los uribitos.
Sí, habló bonito, con la jurisprudencia colombiana y dentro de los parámetros de la diplomacia. En un tono medio altisonante, más no hipócrita, por decir lo menos. Fue Uribe, quien además de mostrar las pruebas –no voy a deslegitimarlas- se acercó con gallardía a Correa –quien lo miró desconfiado-, a Chávez –quien con chanza recibió las disculpas- y a Ortega –quien todavía no da el brazo a torcer por San Andrés y Providencia-, les anestesió las heridas abiertas por tanta banderilla y los estocó para la foto, los tres sonrientes y Uribe con la tres dedos levantados: III (Triuribato)
Las acciones de defensa que emprendió el presidente, en la semana más aciaga de su gobierno, en la más victoriosa y feliz de su seguridad democrática, lo catapultaron a tener una popularidad que debe reconocerse, aunque no admitirse. Antes de disputa diplomática tenía un 80% de popularidad; una semana después tiene un 88%. Interpretaciones hay muchas, verdades contadas.
Para muchos es orgullo que el presidente tenga una de las popularidades más altas en la historia del país, incluso por encima de la funesta expansión del socialismo bolivariano de Chávez. Pero se olvidan de lo que pasa en realidad en casa, en las altas esferas del gobierno que, adverso a la buena diplomacia del presidente están al borde del patíbulo.
Pocos estuvieron pendientes del debate que le hicieron al ministro sucesor de la seguridad democrática, Andrés Felipe Arias, a quien le hicieron contar los kilómetros de la hacienda Carimagua con la lengua. Sudó para salir a defenderse. La senadora liberal Cecilia López lo trató de “despojador de tierras” y “contrarreformista”, porque estaba haciendo la tercera reforma agraria en el país, sucediendo las ya hechas por la violencia en los años sesenta y la de los pramilitares. Este hecho puso en serios aprietos al ministro, quien ve remota su presidencia y cerca su remoción del cargo. Todo pasó al olvido con la brillante diplomacia del presidente.
El camino es culebrero, dirán los paisanos. Para una presunta reelección del presidente faltan muchas tareas difíciles, en las que habrá que acudir a la malicia paisa, de quien el presidente es su mayor promotor. Faltan algunos meses para elegir presidente en los Estados Unidos, a sabiendas de que ganará Obama, promotor en defender la mano de obra gringa, antitratados de libre comercio, en el que Colombia saldrá mal librado.
La popularidad del presidente podría empezar a decrecer si en EE.UU ganan los Demócratas, y los principales proyectos afectados sería el replanteamiento del Plan Colombia, que ahora se llama Patriota; los créditos para financiar la guerra, por lo que se verán obligados a gravarle unas décimas más al impuesto al patrimonio que, según el Ministro de Hacienda, lo pagan los cinco ricos del país, y terminan pagándolo los de clase media.
Ahora que estamos en la época de la tolerancia y el regocijo, reconozco las acciones que por el bien de la nación viene desarrollando el gobierno, y proclamo la defensa que de la institucionalidad colombiana hizo el presidente. Pero, espero que en esta semana de fe, y poca esperanza, el presidente reconsidere la posibilidad de optar por el triuribito y se dé unas vacaciones, muy necesarias para los huesitos, las carnitas y los uribitos.
viernes, 14 de mayo de 2010
Una tertulia inesperada
En casi ninguna conversación o tertulia en que participo puedo dejar de mencionar el nombre de éste grande de las letras. Y tampoco, y eso es casi un rito, de comentar el humor del dúo humorístico de las señoras “más lengüilargas de Colombia”.
El mediodía del 11 de mayo lo recordaré como nunca. No sólo porque fue una confabulación del tiempo que me encontrara con dos grandes, si no también porque ese día pude comprar y tener en mis manos un libro por el que me había cansado de preguntar en todas las librerías de Medellín.
“Aló...¿Tola? / Sí, con ella...¿Con quién? / Pues con Maruja...¿Cómo amaneciste? / Regulimbis, mi querida...Manecimos con un desempleado en la casa. / No fregués, ¿quién? / El nieto mío, Juaquin Estiven, el que trabajaba en el DAS / ¡Bruta¡, no charlés, ¿por qué lo echaron? / Figurate que a él le tocaba funcionar en la sección de chuzadas telefónicas y lo pusieron a oír una conversación entre el dotor Holguín Sarni y el dotor Bernal Cuéllar, y Estivencito se quedó dormido. / Qué trabajo tan duro. Esta conversación de dos comadres, una de ellas, personificada por un humorista que conocí pensé que nunca podría verla desde tan cerca. Un amigo chismoso, pero bien informado.
En mis aventuras a pie por el centro de Medellín, como hago cada que puedo, visité la librería más rara de Medellín, no porque sea atendida por un sesentón, si no porque hay pocos compradores, y si los hay son ratones de biblioteca o intelectuales de vieja data. La librería Palinuro, ubicada en una calle medio ciega, cerca al Parque del Periodista, núcleo de la rumba gótica-rockera-enmarihuanada de la villa, es uno de los sitios de tertulia más conocidos de Medellín, no porque se tome mucho tinto o se hable mucho de política, porque es un tema prohibido, sino porque es el sueño hecho realidad de cuatro locos que soñaban con tener una librería de libros leídos, cuatro viciosos de las letras y la lectura: Héctor Abad Faciolince, Sergio Valencia, Élkin Obregón y Luis Alberto Álvarez.
En mi visita, un viaje intempestivo, no pensaba en ningún momento encontrarme con dos grandes como Maruja, la amiga chismosa de Tola, que es interpretada por Sergio Valencia, el dúo de señoras que nos alegran las noches, y también, volver a ver personalmente al maestro del periodismo y mi escritor de cabecera Héctor Abad, una pluma necesaria para ver desde la trastienda, adornada de literatura, una realidad no vista de Colombia.
La improvisada tertulia se tornó más interesante cuando le mencioné a Héctor su última publicación, un ensayo que fue incluido en el Manual de Ateología recientemente publicado. Las risas no se hicieron esperar. Este paréntesis fue aprovechado por Héctor para recordar su expulsión de la Universidad Pontificia Bolivariana por escribir en contra del papa, fulminado por el báculo de su archienemigo López Trujillo, añadiendo que la historia se estaba repitiendo, porque a mí también me había pasado casi lo mismo, pero en un Colegio Católico. Este encuentro, que desgraciadamente no quedó grabado en imágenes fotográficas, sino en nuestras memorias, sólo duró unas dos horas, las más gratas dos horas de mi viaje. Lástima que otro amigo, el caricaturista y escritor Élkin Obregón, no pudiera estar para hacernos reír con sus ocurrencias literarias y su elocuencia quijotesca.
Mi peregrinaje literario, que no era en un día sabático, si no una visita obligada para sacar un requisito innecesario como el RUT, terminó en el parque de Bolívar, otro lugar de la ciudad que encierra emociones, risas y personajes, como la velada diurna de un cantante de tangos, que con el pelo engrasado a lo Gardel, corbatín y traje de gala, una memoria prodigiosa y una voz no fingida, acompañado por las notas de su reproductor mp3 cantaba tangos tan recordados como “El arrabal”, “Volver” y “Por una cabeza”.
Los tangos y la fresca de la fuente del parque de Bolívar me hicieron rememorar por toda la tarde la tertulia con Héctor, Sergio y Luis Alberto, quienes con Élkin forman los mosqueteros de Dumas, porque ellos son unos enamorados de Medellín y mecenas de una profesión subvalorada pero culta, porque ser librero es una cosa de locos, un molino de viento al que pocos Quijotes se le enfrentan.
El mediodía del 11 de mayo lo recordaré como nunca. No sólo porque fue una confabulación del tiempo que me encontrara con dos grandes, si no también porque ese día pude comprar y tener en mis manos un libro por el que me había cansado de preguntar en todas las librerías de Medellín.
“Aló...¿Tola? / Sí, con ella...¿Con quién? / Pues con Maruja...¿Cómo amaneciste? / Regulimbis, mi querida...Manecimos con un desempleado en la casa. / No fregués, ¿quién? / El nieto mío, Juaquin Estiven, el que trabajaba en el DAS / ¡Bruta¡, no charlés, ¿por qué lo echaron? / Figurate que a él le tocaba funcionar en la sección de chuzadas telefónicas y lo pusieron a oír una conversación entre el dotor Holguín Sarni y el dotor Bernal Cuéllar, y Estivencito se quedó dormido. / Qué trabajo tan duro. Esta conversación de dos comadres, una de ellas, personificada por un humorista que conocí pensé que nunca podría verla desde tan cerca. Un amigo chismoso, pero bien informado.
En mis aventuras a pie por el centro de Medellín, como hago cada que puedo, visité la librería más rara de Medellín, no porque sea atendida por un sesentón, si no porque hay pocos compradores, y si los hay son ratones de biblioteca o intelectuales de vieja data. La librería Palinuro, ubicada en una calle medio ciega, cerca al Parque del Periodista, núcleo de la rumba gótica-rockera-enmarihuanada de la villa, es uno de los sitios de tertulia más conocidos de Medellín, no porque se tome mucho tinto o se hable mucho de política, porque es un tema prohibido, sino porque es el sueño hecho realidad de cuatro locos que soñaban con tener una librería de libros leídos, cuatro viciosos de las letras y la lectura: Héctor Abad Faciolince, Sergio Valencia, Élkin Obregón y Luis Alberto Álvarez.
En mi visita, un viaje intempestivo, no pensaba en ningún momento encontrarme con dos grandes como Maruja, la amiga chismosa de Tola, que es interpretada por Sergio Valencia, el dúo de señoras que nos alegran las noches, y también, volver a ver personalmente al maestro del periodismo y mi escritor de cabecera Héctor Abad, una pluma necesaria para ver desde la trastienda, adornada de literatura, una realidad no vista de Colombia.
La improvisada tertulia se tornó más interesante cuando le mencioné a Héctor su última publicación, un ensayo que fue incluido en el Manual de Ateología recientemente publicado. Las risas no se hicieron esperar. Este paréntesis fue aprovechado por Héctor para recordar su expulsión de la Universidad Pontificia Bolivariana por escribir en contra del papa, fulminado por el báculo de su archienemigo López Trujillo, añadiendo que la historia se estaba repitiendo, porque a mí también me había pasado casi lo mismo, pero en un Colegio Católico. Este encuentro, que desgraciadamente no quedó grabado en imágenes fotográficas, sino en nuestras memorias, sólo duró unas dos horas, las más gratas dos horas de mi viaje. Lástima que otro amigo, el caricaturista y escritor Élkin Obregón, no pudiera estar para hacernos reír con sus ocurrencias literarias y su elocuencia quijotesca.
Mi peregrinaje literario, que no era en un día sabático, si no una visita obligada para sacar un requisito innecesario como el RUT, terminó en el parque de Bolívar, otro lugar de la ciudad que encierra emociones, risas y personajes, como la velada diurna de un cantante de tangos, que con el pelo engrasado a lo Gardel, corbatín y traje de gala, una memoria prodigiosa y una voz no fingida, acompañado por las notas de su reproductor mp3 cantaba tangos tan recordados como “El arrabal”, “Volver” y “Por una cabeza”.
Los tangos y la fresca de la fuente del parque de Bolívar me hicieron rememorar por toda la tarde la tertulia con Héctor, Sergio y Luis Alberto, quienes con Élkin forman los mosqueteros de Dumas, porque ellos son unos enamorados de Medellín y mecenas de una profesión subvalorada pero culta, porque ser librero es una cosa de locos, un molino de viento al que pocos Quijotes se le enfrentan.
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